Fue el 28 de mayo de 2011, aproximadamente a las 10 y media de la noche. Llamé a mi madre llorando de emoción y le dije: “¡Mamá, es el día más feliz de mi vida!”. Probablemente ya le había dicho esa frase a mi madre en otras ocasiones, en alguno de mis cumpleaños de la infancia, o en alguna intensa jornada de parque de atracciones. Pero ella sabía que esa vez era verdad, con casi 37 años aquello no podía ser fruto de una ilusión infantil desmedida. Mi equipo, mi club, el Getafe Beta, había ascendido a Liga EBA conmigo como jugador. ¡Qué más podía soñar!
Después de tantos y tantos años de entrenamientos y partidos, después de tanto esfuerzo y de tanto anhelo acumulado, el basket me devolvía gloria a raudales. Corrí a abrazar a Pedro, mi entrenador (para él era, con justicia, el primero de mis gestos) al maestro Félix, a Fernando y a Roge; me tiré al suelo con Luis Expósito, salté poseído por la locura colgado de mi gran amigo Gica, lloré con Penacho y con Merino, palmeé a Gabri, al Barbas, a Cue, me emocioné con Alberto Sanz, le entregué simbólicamente el testigo a Noguerón, crucé confidencias abrazado a Oki Cuenca y junto al gran David Otero me despedí de este bendito deporte que tanto nos ha dado. En ese momento busqué en la grada la mirada de mis amigos de la Junta Directiva, de Kike, de Diego, de Casado, de Jorge… ellos han sufrido mucho por este club y esa noche recibían algo de recompensa (nunca toda la que merecen). Después, algo más tranquillo, compartí alegría con todos los padres que nos habían animado incondicionalmente, sin intromisiones, con apoyo sincero y entusiasta, como lo hacen los buenos padres, los padres de los genios. Estaba claro que la frase que le había dicho a mi madre no había sido fruto de una pasión efímera. Aquella fue, sin duda, la noche más feliz de mi vida.
Estos días vuelvo al Juan de la Cierva (ahora vestido siempre de calle) y compruebo con enorme satisfacción que el reloj del basket no se ha detenido. Entrar allí es como ponerse una escafandra y sumergirse en puro baloncesto. Hay sonido de balones golpeando con fuerza, chirriar de botas frenando contra el parqué, chavales que se atan las zapatillas antes del entrenamiento, olor a linimento, entrenadores que repasan sus notas en busca del detalle que les permita optimizar sus equipos; pero sobre todo hay miradas de ilusión. Unas que apenas se levantan un metro y medio por encima del suelo –son de chavales de 10 o 12 años– y también miradas de más de dos metros de altura, de muchachos ya menos niños. Pero todas ellas comparten el anhelo eterno, el sueño de conseguir lo máximo en sus respectivas competiciones, con sus equipos y compañeros. Cada corazoncito se va a casa y sueña con canastas increíbles y suyas.
Todos persiguen lo que nosotros conseguimos aquella tarde primaveral de mayo en el colegio Casvi. Sin embargo, lo que quizá no sepan es que el baloncesto ya les está dando mucho retorno imperceptible. Las vivencias de una simple tarde de entrenamiento o de una fría mañana de partido trabajan silenciosamente construyendo vidas, conformando personalidades. En esto, nuestro deporte actúa como una deidad generosa, repartiendo bondades a todo el que se acerca.
Konstantin Kavafis fue un escritor griego que convirtió en poesía los viajes homéricos de Ulises. En una de sus obras escribió: “En tu camino hacia Ítaca, ten siempre en mente el destino, pero no apresures tu viaje. Mejor que dure mucho y que arribes en puertos nunca vistos, porque te harás rico con cuanto ganes en el camino, sin esperar que te dé riquezas la ansiada llegada a Ítaca”. Pido disculpas por este guiño un poco ‘cultureta’, pero el baloncesto es exactamente igual: todos soñamos con el objetivo, pero lo que realmente nos enriquece son las enseñanzas que el camino ya nos está dando. Nosotros, encima, tuvimos la suerte de arribar en Ítaca aquella tarde de mayo de 2011. ¡Nunca lo olvidaremos!